lunes, 28 de agosto de 2017

Laguna de Cornelio


Durante el mes de diciembre del 2014, se nos ocurrió la idea de ejecutar un dibujo colosal en la Laguna de Cornelio, ubicada en la costa oeste de la isla de Culebra, Puerto Rico. Queríamos pensar esa intervención efímera como una inmensa acuarela paisajista, disipando su huella pasajera tras el rastro de nuestro mínimo impacto al caminar. Para perpetuar la imagen fugaz, coordinamos el proceso de documentación en colaboración con Mario Ramírez Capellá (TostFilm), ubicando cámaras fijas en el tope de la montaña más cercana. De esta manera pudimos registrar su ejecución y desvanecimiento en un "time laps" aéreo, capturado desde una perspectiva en picado sobre la laguna.


Debido a la sequía que atravesaba la isla durante aquella temporada, solo quedaban 5 pulgadas de agua cristalina sobre el babote asentado en el fondo. Encima de ese estrato blando de sedimento obscuro, permanecía un fina capa de limo verde recubriendo el fondo. Cada paso nuestro sobre el babote rompía ese recubrimiento fino y levantaba el sedimento oscuro que se ocultaba bajo el verde quieto todavía sin perturbar. Nuestros trayecto marcaban un rastro negro de sedimento que eventualmente volvía a asentarse, pero no sin antes construir figuras bajo la superficie del agua que cambiaban al instante de ejecutarse. Caminábamos en sincronía para configurar diseños fractales, alusivos a la propia vegetación del emplazamiento, la misma cuyo follaje caído y descompuesto en el agua, componía el propio recurso del cual nos valíamos para plasmar estas imágenes.  


Al finalizar el dibujo, subimos al tope de la montaña donde habíamos ubicado las cámaras, solo para observarlo desaparecer con la caída del sol. Poco a poco se ensanchaban las líneas marcadas y se diluían con el agua como pasaría en una acuarela fresca sobre un papel mojado. El color oscuro del babote se iba disipando según el sedimento se asentaba, pero también una marca entrecortada prevalecía por donde habíamos caminado. En los momentos en que el cielo se despejaba, la luz del sol lograba penetrar la superficie del agua sin reflejarse en la laguna, consiguiendo así que se alcanzara a ver con claridad ese rastro de nuestras huellas que dibujaban la imagen en el fondo. Esas pisadas pudieron haber durado aproximadamente un mes dentro del agua, pero eventualmente quedaron reabsorbidas en el limo verde del fondo como si nadie nunca antes hubiera caminado por ahí.

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